Hoy extraño mucho a mi abuela
Hay días en los que la echo más de menos.
No sé muy bien por qué.
A veces basta una canción.
Un olor.
Una taza de café.
O un girasol.
Y, de repente, vuelve a estar conmigo durante un ratito.
Hoy es uno de esos días.
Hoy extraño mucho a mi abuela.
Ella siempre fue mi Persona Girasol.
Mucho antes de que yo inventara ese nombre.
Mucho antes incluso de que existiera De Girasoles.
Ella ya era esa persona capaz de encontrar un pequeño rayito de luz incluso cuando la vida parecía empeñada en ponérselo difícil.
Y créeme…
La vida no se lo puso fácil.
Se quedó huérfana de padre siendo muy pequeña.
Tuvo que emigrar para buscar un futuro mejor.
Trabajaba durante el día y, cuando llegaba la noche, todavía sacaba fuerzas para coser.
Sacó adelante a cinco hijos.
Y, con el tiempo, también a muchos nietos.
Porque hay abuelas que simplemente son abuelas.
Y luego están esas que terminan siendo una segunda madre.
Yo tuve la inmensa suerte de tener una de esas.
Hay un recuerdo que siempre vuelve a mí.
De pequeña me costaba muchísimo aprender a leer y a escribir.
Mientras otros niños avanzaban deprisa, yo necesitaba más tiempo.
Y allí estaba ella.
Con una paciencia infinita.
Repitiéndome las cosas una y otra vez.
Sin hacerme sentir menos.
Sin decirme nunca que no podía.
Simplemente creyendo en mí incluso cuando yo todavía no sabía hacerlo.
Quizá ella nunca fue consciente.
Pero muchas de las palabras que hoy escribo empezaron en aquellas tardes a su lado.
Y eso es un regalo que nunca podré devolverle.
Con los años me enseñó muchas más cosas.
No con grandes discursos.
Ni con frases perfectas.
Me las enseñó viviendo.
Me enseñó que trabajar con honestidad siempre merece la pena.
Que cuidar de los tuyos nunca es tiempo perdido.
Que compartir es una forma de querer.
Que la fortaleza también puede ser dulce.
Y que, incluso cuando la vida golpea fuerte, siempre queda un motivo para seguir adelante.
Ahora entiendo que esos fueron los valores con los que crecí.
Y que, sin darme cuenta, siguen estando presentes en cada decisión que tomo.
También en De Girasoles.
Muchas personas me preguntan por qué me gustan tanto los girasoles.
Y siempre respondo que transmiten alegría.
Esperanza.
Luz.
Pero la verdad es que creo que nunca me habían preguntado la razón más profunda.
Quizá me gustan tanto porque me recuerdan a ella.
Porque, cuando pienso en un girasol, pienso en una mujer fuerte, valiente y llena de vida.
Pienso en alguien que pasó por momentos muy difíciles y, aun así, nunca dejó de cuidar de quienes tenía alrededor.
Pienso en mi abuela.
Mi primera Persona Girasol.
Hay personas que nunca terminan de irse.
Se quedan en nuestras costumbres.
En nuestras palabras.
En la forma en la que cuidamos a los demás.
En una receta.
En una canción.
En una taza de café.
O en un ramo de girasoles que una vecina sigue regalándote porque sabe cuánto significaban para ella.
Y entonces entiendes que el amor también florece de esa manera.
Silenciosa.
Constante.
Sin pedir nada a cambio.
Hoy necesitaba escribir esto.
No porque haya dejado de echarla de menos.
Creo que eso nunca ocurre del todo.
Lo escribo porque, mientras la recuerdo, también me doy cuenta de algo muy bonito.
Cada vez que alguien me dice que una taza ha emocionado a su madre.
Cada vez que una clienta me cuenta que ha regalado un detalle a una amiga especial.
Cada vez que alguien me escribe diciéndome que se ha sentido identificado con una Persona Girasol…
Hay un pedacito de mi abuela en todo eso.
Y me gusta pensar que, de alguna manera, ella sigue iluminando vidas.
Solo que ahora lo hace a través de todas las personas que llegan hasta este pequeño rincón.
Gracias, abuela.
Por enseñarme a leer.
Por enseñarme a escribir.
Pero, sobre todo…
Gracias por enseñarme a vivir.
Porque si hoy existe De Girasoles, es, en gran parte, gracias a la luz que tú dejaste en mí.
🌻 Espero que, estés donde estés, sepas que sigues floreciendo en cada persona que tiene la suerte de cruzarse en mi camino.
Hace un tiempo le escribí una carta a mi abuela. Si te apetece leerla, puedes encontrarla aquí.


