7 cosas que me enseñó un girasol (y que intento recordar cada día)
Nunca imaginé que una flor pudiera enseñarme tanto. Lo que me enseñó un girasol empezó con algo muy sencillo: mirarlo y acordarme de alguien a quien extraño mucho.
Al principio me gustaban su color, su tamaño y la alegría que transmitía ver un campo lleno de girasoles. Eran una forma de mantener cerca un recuerdo bonito.
Pero, poco a poco, empecé a mirarlos de otra manera. Entre su amarillo y todo lo que significaban para mí, fui encontrando pequeñas lecciones que necesitaba recordar.
Una flor no tiene respuestas para nuestros problemas. Aun así, observar la naturaleza puede ayudarnos a detenernos y pensar en cosas que, con las prisas, vamos dejando a un lado.
Hoy quiero compartir contigo siete de esas enseñanzas. Quizá alguna también te acompañe justo cuando la necesites.
1. Los girasoles me recuerdan que merece la pena buscar la luz
Seguro que alguna vez has oído decir que los girasoles siguen al sol. Ese movimiento se observa en las plantas jóvenes; cuando maduran, sus cabezas dejan de seguirlo y suelen quedar orientadas hacia el este.
La imagen de un girasol buscando la luz se ha convertido en un símbolo que me gusta mucho. Me recuerda que puedo prestar atención a las cosas buenas incluso durante una etapa complicada.
Habrá días grises. Habrá momentos en los que todo parezca cuesta arriba y encontrar algo agradable cueste más de lo habitual. En esos días intento fijarme en algo pequeño: una conversación que me tranquiliza, una canción que me gusta o un café que puedo tomarme sin mirar la hora.
Ese rato quizá no cambie lo que está pasando, pero también forma parte del día. Y merece que le haga un poco de sitio.
Buscar la luz es, para mí, aprender a reconocer esas cosas sin dejar de ser sincera con lo que siento.
2. Cada persona florece a su propio ritmo
Vivimos comparándonos con quien ha conseguido más, con quien parece más feliz o con quien llegó antes al lugar al que nosotros todavía estamos intentando acercarnos.
A veces basta con abrir una red social para sentir que vamos tarde. Vemos resultados, celebraciones y planes cumplidos, mientras conocemos de memoria todo lo que a nosotros nos está costando avanzar.
Mirar las flores me ayuda a salir un momento de esa comparación. En un mismo jardín hay brotes, flores abiertas y otras que están terminando su ciclo. Cada una está en un momento distinto.
Me gusta llevar esa imagen a la vida. Hay cosas que necesitan tiempo, circunstancias que cambian nuestros planes y etapas en las que avanzar consiste en algo bastante pequeño.
Ojalá aprendiéramos a mirar nuestro proceso con un poco más de paciencia. A reconocer lo que estamos haciendo, aunque todavía no tenga el aspecto que imaginábamos.
3. Lo que me enseñó un girasol sobre ser una misma
Nunca he visto dos girasoles exactamente iguales. Cuando me detengo a mirarlos, encuentro diferencias en sus pétalos, en su tamaño o en la forma en que crecen.
Creo que parte de su encanto está ahí.
A nosotros, en cambio, a veces nos cuesta aceptar aquello que nos hace distintos. Nos preguntamos si deberíamos vestir de otra manera, tener otros gustos o llevar una vida más parecida a la de alguien a quien admiramos.
Con el tiempo intento prestar más atención a lo que me gusta de verdad. A las cosas que elegiría aunque nadie las viera. A las ideas que me ilusionan y a las personas con las que puedo hablar sin estar pendiente de cómo quedo.
Los girasoles me recuerdan lo bonito que puede ser reconocerse en algo. Tener una forma propia de estar, de crear y de mirar el mundo.
Ser una misma también se aprende. Yo sigo en ello.
4. Hay personas que tienen algo de girasol
Con el tiempo empecé a darme cuenta de que algunas personas me hacían sentir algo parecido a lo que sentía al ver esta flor.
Personas que transmiten calma, que alegran una tarde complicada o que se acuerdan de preguntar cómo ha terminado aquello que te preocupaba.
Hace tiempo empecé a llamarlas Personas Girasol.
Pienso en esos pequeños gestos que a veces pasan casi desapercibidos: quedarse escuchando un rato más, celebrar una buena noticia contigo o hacerte un hueco en mitad de una semana llena de cosas.
Quizá tú también conozcas a alguien así. Puede que hayas pensado en esa persona mientras leías estas líneas.
Y quizá tú también ocupes ese lugar en la vida de alguien, aunque todavía no te lo haya dicho.
A mí me gusta recordarlo porque también me anima a cuidar mejor esos vínculos. A preguntar, a escuchar y a agradecer las veces que han estado pendientes de mí.
5. A veces aparecen nuevos brotes donde creíamos que todo había terminado
Todos atravesamos momentos en los que cuesta imaginar qué vendrá después.
Hay planes que se rompen, etapas que terminan antes de lo que queríamos y despedidas que necesitamos aprender a llevar. Cuando estamos dentro de todo eso, pensar en un comienzo puede quedar muy lejos.
A mí me pasó algo que cambió mi manera de mirar un ramo marchito. Entre unos girasoles que daba por perdidos empezaron a aparecer pequeños brotes verdes.
Conté aquella experiencia en la historia de los girasoles que volvieron a florecer.
Desde entonces, esa imagen se me ha quedado dentro. Me recuerda que a veces estamos tan pendientes de lo que ha terminado que tardamos en reconocer lo que está empezando.
Cada proceso lleva su tiempo. Hay cosas que duelen y necesitan espacio. Mientras tanto, puede aparecer una ilusión pequeña, una posibilidad o una manera distinta de seguir.
Aquellos brotes me ayudaron a mirar con un poco más de esperanza.
6. Los pequeños detalles también se quedan en la memoria
Cuando pienso en momentos que guardo con cariño, me vienen cosas muy concretas.
Una carta. Un abrazo. Una conversación que se alargó. Una flor que alguien me llevó porque se había acordado de mí. Una taza elegida pensando en mis gustos.
Me emociona imaginar el momento anterior a esos detalles: alguien viendo algo y pensando «esto le gustaría». Alguien buscando unas palabras o reservando un rato para estar contigo.
Ahí hay atención. Hay una persona que se ha detenido a pensar en otra.
Por eso los pequeños gestos tienen tanto significado para mí. A veces seguimos recordándolos mucho después de que haya pasado el día en que los recibimos.
Los girasoles me llevan a esa forma de querer. A fijarme en lo que hace ilusión a quienes tengo cerca y a intentar que sepan que me acuerdo de ellos.
7. Seguir floreciendo también incluye cuidarse
Si tuviera que quedarme con una enseñanza, sería esta: quiero seguir creciendo sin olvidarme de cuidarme durante el camino.
Hay épocas en las que aprender algo nuevo ilusiona muchísimo. Otras en las que necesitamos bajar el ritmo, descansar o volver a pensar qué queremos hacer.
Intento recordarlo cuando siento que todo va demasiado despacio. Cuando me comparo o me impaciento porque todavía no estoy donde imaginaba.
Seguir floreciendo puede ser continuar con un proyecto, pedir ayuda, recuperar una afición o dedicar más tiempo a las personas que quiero. También puede ser reconocer que necesito parar un poco.
Me gusta pensar en todas esas formas de crecer. En lo que voy aprendiendo y en las cosas que todavía quiero descubrir.
Y volver, de vez en cuando, a esta frase:
Nunca dejes de florecer.
De estas lecciones nació «Lo que me enseñó un girasol»
Mientras escribía estas reflexiones, me di cuenta de que todavía había muchas historias, aprendizajes y pensamientos que quería compartir.
Así nació Lo que me enseñó un girasol.
Es un ebook inspirado en esta flor y en todo lo que su historia ha ido dejándome dentro. En sus páginas hablo de los días difíciles, las comparaciones, los cambios, el descanso y los pequeños detalles que nos ayudan a estar más cerca de nosotros mismos.
Reúne reflexiones, ejercicios y espacios para escribir. Puedes leer un rato, detenerte en algo que conecte contigo y volver otro día.
Si te has reconocido en alguna de estas siete enseñanzas, quizá te apetezca seguir compartiendo ese ratito conmigo.
¿Qué pequeña lección te ha regalado la vida?
Me gustaría saber si alguna vez has aprendido algo a través de una flor, un paseo o un atardecer.
Quizá recuerdes una conversación mientras caminabas. Una planta que viste crecer. O una escena sencilla que apareció en el momento en que necesitabas detenerte.
Yo cada vez presto más atención a esas cosas. A lo que me hacen recordar y a las preguntas que me dejan después.
Los girasoles siempre tendrán ese lugar en mi vida: el de una flor que me recuerda a alguien a quien quiero y que, con el tiempo, también me ha enseñado a mirarme con un poco más de cariño.
🌻 Gracias por leerme y compartir este ratito entre girasoles.
Un poquito de este universo para llevarte contigo
Si te apetece llevar los girasoles a tu día a día, estos detalles también tienen un lugar en esta historia.
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